Sálvame (de Leila Guerriero)

Yo no tengo dios, pero, si tuviera, le pediría: salvame.
Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases “porque mi libro”, “según mi obra” o “como ya escribí yo en 1998”.
Salvame de estar pendiente de lo que digan de mí, preocupada por lo que dejen de decir, horrorizada cuando no digan nada.
Salvame de la humillación de transformarme en mi tema preferido, del oprobio de no darme cuenta, de la vergüenza de que nadie se atreva a advertírmelo.
Salvame de pensar, alguna vez, que en nombre de mi nombre puedo decir cualquier cosa, defender cualquier cosa, ofender a quien sea.
Salvame de creer que un anecdotario personal (mío: de cosas que me hayan sucedido a mí) puede ser el tema excluyente de una conferencia de dos horas o de un seminario de una semana.
Salvame de esperar que lo que escribo —o digo— le importe a mucha gente.
Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café, en cada sobremesa con amigos, lo que yo escribí, lo que yo hice. Salvame de traer a colación, en todas las conversaciones de café, en cada sobremesa con amigos, lo que dicen los demás de lo que yo escribí, lo que dicen los demás de lo que yo hice.
Salvame de creer que nadie lo hace mejor que yo. Salvame de la ira contra quienes lo hacen mejor que yo: salvame de odiarlos secretamente y de decir, en público, que son resentidos, mediocres y plagiarios.
Salvame de creer que, si no estoy invitada, entonces la cena, el congreso, el encuentro no son importantes.
Salvame de la confusión de suponer que me recordarán por siempre.
Salvame de la tentación de pensar que lo que escribiré mañana será mejor que lo que escribí ayer. Salvame de la catástrofe de no darme cuenta de que ya nunca más podré escribir algo mejor que lo que escribí ayer (dame la astucia para entenderlo, el valor para vivir con eso y el temple de bestia que se necesita para no volver a intentarlo).
(Salvame de pronunciar, alguna vez, las frases “sólo iré si me dan un pasaje en primera clase” y “sólo iré si voy con mi marido”. Salvame de creer, alguna vez, que mi editor debe ser también mi enfermero, mi mayordomo, mi terapeuta, alguien que tiene la obligación de ir a buscarme al aeropuerto, pasearme por una ciudad desconocida un domingo de sol y atender a mis más íntimos trances en la convicción de que hasta mis más íntimos trances son sagrados.)
Salvame de perder la curiosidad por nada que no sea yo, mi, mío, para mí, por mí, de mí, conmigo, en mí, contra mí, según yo.
Salvame de copiarme a mí misma, de usar siempre el camino que conozco. Salvame de no querer tomar el riesgo, o de tomarlo sin estar dispuesta a que el riesgo me aniquile.
Salvame de la adulación. Salvame de escuchar sólo lo que me hace bien, y de despreciar todo lo que no me alaba.
Salvame de necesitar la mirada de los otros.
Salvame de ambicionar el camino de los otros.
No me salves de mí.
De todo lo demás: salvame.

(Revista Sábado, El Mercurio, Chile, Julio 2011)

Ocho consejos acerca de escribir

Por Luciano Lamberti.

1. No escribas. Ya hay demasiados escritores en el mundo. Más escritores que lectores. En una gran escena de El club de la pelea (la película) Tyler Durden, dispuesto a armar un ejército va rechazando a los que llegan, a uno le dice que está demasiado gordo, a otro que es un debilucho, y así. Los que se quedan son los que valen. Si realmente sos escritor vas a sobrevivir a las críticas negativas, a las negativas editoriales, a los primeros fracasos (ni hablar de los que siguen) y a este consejo sagrado: no escribas. Sos demasiado tonto, sos demasiado ególatra, te faltan huevos, te falta voluntad, no leíste lo suficiente, no podrías soportar la soledad y el trabajo, la relación costo–beneficio del trabajo del escritor siempre te va a dejar insatisfecho, nadie va a leerte, no sabés contar historias, lo tuyo es un bodrio, no naciste para esto, tus dudas se notan a la legua. No escribas. No lo hagas. No.

2. No escribas, al principio. Comprate unos lentes negros. Son perfectos para mirar sin que te vean. Usalos para ir en colectivo o en subte mirando a la gente. Escribas lo que escribas (realismo, fantástico, ciencia ficción, incluso literatura experimental) siempre vas a necesitar conocer a la gente, porque de eso se trata la literatura y no de ninguna otra cosa. Tenés que saber cómo hablan, cómo se mueven, qué relación tienen con la ropa y con el pelo, cuáles son sus gestos y, sobre todo, qué ocultan. Todas las personas tienen un secreto y ese secreto SIEMPRE es interesante a la hora de escribir. Miralos, pero también escuchalos. No solo porque es la única forma de aprender a escribir diálogos verosímiles sino también porque la vida está llena de historias, y esas historias se cuentan a los amigos, familiares o conocidos en los viajes de subte o colectivo. Y, por último, porque en el lenguaje que utilizan para contar esas historias está vivo y fresco y es el lenguaje verdadero, el que tenés que usar para escribir tus libros, mucho más que el literario.

3. No escribas, pero si vas a escribir, escribí como loco. La escritura es tu religión y tu vida. Escribí aunque tu mujer te espere en ropa interior en el otro cuarto. Escribí aunque tus hijos te tiren de la remera para pedirte que vayas jugar con ellos. Escribí aunque tus padres se estén muriendo. Escribí aunque la ciudad donde vivís esté siendo bombardeada. No hay excusas para no escribir; que trabajes mucho, que no tengas plata, que tu vida sea muy desordenada, no son excusas. Puedo citarte una decena de casos (los que conozco) de escritores realmente grandes que escribieron a pesar de todo. Algunos incluso escribieron sus libros en medio de una guerra. La primera versión de El guardián entre el centeno, de Salinger, fue escrita así. Así que no te quejes. Y no seas cagón. Esta no es una profesión para cagones. Escribí tanto como puedas sobre cualquier tema que te venga a la cabeza. Que los archivos de Word o tus hojitas sueltas llenen tu cuarto de soltero hasta que no haya espacio para ninguna otra cosa. Después, tirá toda esa mierda.

5. No escribas, pero leé a todos esos escritores que te vuelan la cabeza, una y otra vez. Después leé a los enemigos de esos escritores. Leé bestsellers. Leé la Biblia y a Tolstoy. Leé manuales de entomología y crónicas de viajes a la Antártida. Leé libros de historia. Leé libros malos, ediciones baratas, pésimas traducciones españolas. Releé a todos esos escritores que te volaron la cabeza. Escuchá música y ponete a bailar, solo, en medio de tu cuarto.

4. No escribas, pero si se acumulan tus primeros escritos, tiralos a la mierda. Cuqui decía que en su primera clase de taller literario llevaría a sus alumnos a comprar un tacho de basura. Muy importante el tacho de basura. Alguien dijo que el escritor se mide más por lo que tira que por lo que publica. Es una gran verdad. No te apures en publicar. Cortázar publicó Bestiario, su primer libro, cuando tenía 37 años, y escribía desde que era un niño. Caso contrario vas a estar ocultando libros de tu biografía durante el resto de tu vida de escritor. Ya hay demasiados libros malos en el mundo para agregar uno más. No publiques hasta no estar completamente seguro de la calidad de tu trabajo (Nunca vas a estar completamente seguro de la calidad de tu trabajo).

5. No escribas, pero si el daño ya está hecho, has escrito un libro que al fin se corresponde a tu sensibilidad, a tu forma de ver el mundo, a tu corazón, salí a buscar editores. Los editores son personas de dudosa moral que tienen el “no” a flor de piel. En general, si es tu primer libro y no tenés la suerte de ser famoso antes de haber publicado, me iría olvidando de las editoriales grandes y apuntaría a las pequeñas. Allí los editores son como esos padres de octillizos que tienen un bebé en cada brazo, uno que les cuelga del cuello, otro que gatea sobre la mesa, uno que está a punto de morder el cable del velador, etc., por lo que tendrás que tenerle un poco de paciencia. Lo más probable es que ni siquiera te responda los mails. A lo mejor te conviene hacerte su amigo en Facebook, averiguar cuando tiene un “evento” (estos pequeños editores se desviven por los eventos) y abordarlo allí, muy sonriente, hablando al principio de cualquier cosa, de lo linda que es su editorial, por ejemplo, para después, cuando confíe en vos y esté entregado, zácate, le tirás que casualmente tenés el original de tu libro de cuentos en la mochila y que si querés (mirada amenazante) podés dejárselo (más amenazante).

6. Una vez que tu libro esté publicado, el día que el editor te de los ejemplares de cortesía (siempre muy escasos y ligeramente fallados), vas a notar varias cosas. Pero sobre todo (porque esta no es la historia de tus emociones sino la historia de cómo convertís en escritor) vas a notar que el libro no parece tuyo, que después de tantas correcciones, idas y vueltas, cambios de última hora y sobre todo el cambio de formato, el libro parece de otra persona, alguien no muy bueno, de paso. El libro te va a dar vergüenza y arrepentimiento inmediato. Escribí otro entonces, para tapar esa vergüenza, que sea mucho mejor. Sos tu enemigo y tu debilidad.

7. Saldrán algunas reseñas, no las leas. Compartilas en las redes sociales sin leerlas. Si son buenas, te van a convertir en un soberbio; si son malas, te van a tirar a la cama por una semana. O sí, mejor, leelas: si son buenas te van a señalar aspectos de lo que escribís que no conocías. Si son malas, te van a dejar en cama, es verdad, pero también te van a señalar lo que deberías mejorar en tu próximo libro. Siempre hay que mejorar. El secreto es que las reseñas tienen razón, todas, las buenas y las malas, las hechas a las apuradas y las profundas. Todas son la verdad. Tomá lo que necesites de ellas y sacátelas de encima a la hora de escribir. Escribí para los reseñistas que te destrozaron. Escribí para ellos y para sus familias hermosos y conmovedores libros del futuro. Pagales con amor.

8. Bueno, eso es todo, ya sos un escritor. No necesitás nada más. A lo mejor, si algún viejo escritor te palmea la espalda, te sentís un poco mejor. Y eso es todo. Estuviste trabajando seriamente en tu libro, con más amor y énfasis con los que realizás tus otros trabajos, los que te permiten vivir, y ahora que te publicaron no ves un centavo, o ves tan poco que da risa. Pero es lo que querías, convertirte en escritor. Aguantátelas. Yo te lo dije: no escribas. No escribas nunca. Y no te hagas amigo de otros escritores. Son de lo peor. Tampoco le cuentes a nadie que escribís porque seguro va a tirarte la historia de su vida, que es un bodrio. Que seas muy feliz. Te mando un abrazo. Chau.

Tonal y Nagual

(…)
El escritor y antropólogo Carlos Castaneda escribió que el mundo está formado por dos fuerzas (digamos): Tonal y Nagual. El Tonal es todo lo que vemos y tocamos, todo lo que podemos percibir a través de los sentidos, todo aquello que podemos explicar. El Nagual es eso invisible que secretamente sostiene al mundo, es lo inexplicable.
Este segundo narrador vive, como él bien lo dice, a mitad de camino entre estos dos mundos. En un momento, nos habla de las “presencias” que habitan las aguas del lago, y por qué no podemos ver a estos espíritus. Agrega que “solo podemos ver a estos espíritus cuando comprendemos por qué razón no podíamos verlos”.
La alusión a otro mundo, a lo invisible, pero no su descripción, son una constante en este segundo relato. Cuando el personaje habla de una perca gigante que va a pescar, nos dice: “Es muy importante que los testigos de mi relato sólo vean la cabeza de la perca. La imaginación y el boca en boca harán el resto, tanto con el peso como con el tamaño. Supongo que así será como se arma una leyenda”.
Es decir, el relato se construye con lo dicho, lo expuesto, y con lo no dicho, lo oculto. Volvemos a la teoría de la punta del iceberg de Hemingway. Bueno, en este caso, en vez de la punta del iceberg sería la punta de la perca.
Por último, el narrador del tercer relato ya está totalmente inmerso, relacionado con ese mundo invisible, con Nagual, podríamos decir. Está cada vez más lejos del otro mundo. Él mismo nos dice: “En el mundo del invasor, un machi ya no puede dedicarse a su magia, ni tampoco a hablar con los seres y espíritus del bosque”.
Y en la comparación entre esos dos mundos, no duda: “Antes muerto que cambiar mi magia por toda esa nada”.
(…) Para concluir podríamos decir que toda la novela está escrita cronológicamente al revés, o hacia atrás, iniciando desde una visión urbana, “ciudadana”, totalmente inmersa en el Tonal, que desconoce “una realidad aparte”; pasando por la visión intermedia, la del que tiene aún un pie en ambos mundos; hasta la del que todavía profesa esa visión original, esa relación directa (y no medida, “o destrozada”, diría Kant) con el mundo.
Y tal vez a eso apunte Sebastián Fonseca desde ese título de “Pueblo perdido”. Porque si ese relato comenzó viviendo en estrecha relación con sus saberes originarios; para luego quedar con un pie en cada realidad, digamos; para terminar totalmente olvidado de esa visión, sin participar del verdadero mundo, sino como “asistente”, entonces podríamos concluir que ese pueblo, el del relato, está efectivamente, definitivamente “perdido”.

Fragmento de lo dicho por el escritor Diego Rodriguez Reis en la presentación de Pueblo perdido.
Bariloche, 15 de diciembre de 2016.

¿Para qué escribo?

Este es un fragmento de lo que escribí para la presentación del libro.

Llovizna. Salgo del Centro del copiado con los tres ejemplares anillados, protegiéndolos bajo la campera. Antes de poner el auto en marcha tengo que escribir los datos para el certamen y cerrar el sobre. Una vez que haga eso ya no habrá vuelta atrás. Por eso se me ocurre revisar el material otra vez.

Afuera llueve y no anda nadie. Estoy dentro del auto, pasando las primeras páginas despacio, disfrutando de ver en papel lo que hasta ese momento solo conocía a través de una pantalla.

Seguir leyendo “¿Para qué escribo?”

Escribir es aprender

Durante los últimos diez años me he vuelto muy reservado con esto de “escribir”. A tal punto que las pocas personas que sabían de esta patología casi que lo habían olvidado o daban por hecho que ya no lo hacía. Por eso, ahora que terceros acreditados me legitiman un texto con su publicación, no me duele ni me extraña oir cosas del tipo “no lo puedo creer” o “ahora que sos escritor”. Está bien que así sea. No se puede creer en aquello a lo que nunca se le dió crédito y si tampoco se considera escritor a quien no tiene al menos una publicación, mucho menos lo será aquel que ni siquiera menciona que tiene por costumbre escribir.

Seguir leyendo “Escribir es aprender”

Cómo escribí un primer premio

He ganado el primer premio en un certamen literario. Un jurado compuesto por escritores de reconocida trayectoria ha decidido por unanimidad que mi texto merece ser publicado, es decir, ofrecido al público en forma de libro. Quisiera compartir aquí lo que considero como la metodología de producción de este texto premiado. Esto es, al mismo tiempo, un intento de sistematizar la experiencia, si es que eso es posible.

Seguir leyendo “Cómo escribí un primer premio”

La voz

Después de un prolongado silencio, retomo mis anotaciones. Lo primero que quiero escribir aquí es que estar en silencio no significa estar inactivo. De hecho, creo que nunca estuve tan comprometido con mis reflexiones acerca de mi obsesión con la escritura.

Lo que quiero compartir en esta entrada es, en principio, mi alegría por haber encontrado la voz para la historia que venía tratando de narrar.

Seguir leyendo “La voz”